Ante la aparición en las redes sociales de ciertas propuestas de carteles en respuesta al Concurso por la eliminación de la violencia contra la mujer convocado por el proyecto CartelON, que a mi juicio (y el de otras personas que me contactaron preocupadas) transmiten ideas contrarias a la dignidad femenina y por lo tanto al objetivo del certamen, el pasado 24 de septiembre les escribí una carta formal a los especialistas Sara Vega y Yumey Besú.

Según me comunicó el mismo Yumey, otras personas ya se les habían acercado con inquietudes similares. Así que al día siguiente, 25 de septiembre, el proyecto CartelON publicó un mensaje donde informaba sobre la existencia de estos carteles que “no responden gráficamente a las pautas señaladas en las bases del concurso”. En la nota, CartelON resaltaba que “los creadores, con su poder de comunicar visualmente y transmitir un mensaje, tienen la responsabilidad de profundizar en el tema”.

El día después, es decir, el 26 de septiembre, el diario cubano Juventud Rebelde publicaba los resultados del Concurso de humor gráfico por el aniversario 60 de los CDR. Entre las obras premiadas se encuentran algunas que, al legitimar y promover el acoso, también dañan la imagen de la mujer.

Esta imagen muestra un anciano diciéndole una vulgaridad a una mujer, que por sus características físicas bien pudiera ser afrodescendiente, en un espacio público. Se recontextualiza el lema de los CDR para reivindicar la todavía posible erección del hombre y reafirmar su masculinidad. Habrá que seguir denunciando y sensibilizando al público, porque esto demuestra que aún no ha entrado en todas las mentes que el acoso callejero es una forma más de violencia sexual. 

A la par de las criticadas imágenes publicitarias de los pasados siglos, esta caricatura vincula a la mujer (nuevamente una afrodescendiente) al contexto de la elaboración de alimentos. Se manifiesta además el fenómeno de la cosificación del cuerpo femenino, juzgado y observado con insistencia y sin pudor. Se transparenta la disponibilidad del cuerpo de la mujer negra, históricamente representada de manera menos sensual y delicada que la mujer blanca, pero más caliente, proveedora de encuentros sexuales más fogosos y bestiales.

El carácter machista e irrespetuoso de dichas imágenes ha provocado, inevitablemente, reacciones en las redes sociales. La reconocida feminista cubana Marilyn Solaya, denunció en su muro de Facebook: “¿Y qué pasa cuando el acoso es premiado en un concurso de caricaturas en uno de nuestros periódicos? ¿No se enteran de las numerosas campañas que se desarrollan en la actualidad en Cuba y en el mundo sobre la Violencia de Género y sus consecuencias? El acoso callejero es la forma de violencia hacia las mujeres más constante, cotidiana y visible en nuestra sociedad. Es una forma tan naturalizada que muchos cuestionan que sea motivo de denuncia o indignación.

En la página de Facebook del proyecto Yo sí te creo en Cuba pueden leerse críticas como éstas: 

“Me parece absurdo que se sigan reproduciendo estereotipos machistas en medios de prensa y a través del humor gráfico. ¿Alguien puede reír con cuestiones tan desagradables?”

“Vamos a reconocer el único mérito de este despropósito: caracterizar a los CDR como un viejo decrépito y acosador.”

Lamentablemente, una vez más, los creadores gráficos se convierten en vectores de ideas nocivas. Ante la recurrencia de este fenómeno, y sumándome al propósito del mensaje de cartelON de alertar sobre el deber que tenemos los creadores visuales de sustentar nuestras decisiones gráficas y comunicativas con argumentos sólidos, velando por que nuestra obra no deteriore la integridad moral de ningún grupo social, transcribo bajo estas líneas la mencionada carta. Espero que estas palabras exhorten a los creativos a aumentar el rigor con que analizan sus propios trabajos, y a documentarse antes de producir las imágenes. Nada nos impide, por ejemplo, consultar a un especialista en el tema en cuestión para que examine nuestra obra.

Para ilustrar los argumentos expuestos en mi carta, puse algunos ejemplos de carteles. Quisiera aclarar que no hay nada personal en este ejercicio; espero que los autores reciban estos criterios con la misma benevolencia con que han sido emitidos. Sin más:

Carta formal a Sara Vega y Yumey Besú sobre el Concurso por la eliminación de la violencia contra la mujer

Estimada Sara, estimado Yumey,

Mi nombre es Annick Woungly-Massaga, soy diseñadora de comunicación graduada en Cuba, y soy responsable de la gestión del proyecto “Diseñadores cubanos por el mundo”.

Recientemente, para el blog de Diseñadores cubanos por el mundo escribí el texto “Algunas reflexiones sobre la diversidad étnica en la publicidad y el diseño”, donde trataba cuestiones como la manera en que la comunicación social mal concebida (o bien concebida pero mal intencionada) podía contribuir a falsear la imagen de los grupos sociales, alterar la percepción de la composición demográfica real, reforzar estereotipos en el imaginario popular y alimentar la discriminación.

Al final del artículo, abordaba el poder del diseñador, ese experto en la fabricación de mensajes, para crear conciencia y contribuir a la desaparición de los estereotipos que pesan sobre ciertas minorías. Aseguraba que los diseñadores de comunicación visual contamos con las competencias que nos capacitan para elegir signos adecuados y codificar mensajes capaces de influir en el pensamiento de las personas, y afirmaba que tenemos la capacidad de detectar con antelación si un concepto puede ser problemático.

Lamentablemente, la convocatoria al concurso de carteles en ocasión del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer ha puesto en evidencia el mencionado caso en el que los propios creadores, al concebir señales ambiguas, contribuyen a nutrir estereotipos: mensajes bastante discutibles circulan actualmente en las redes, alojados en las propuestas en respuesta al certamen. 

En mi opinión, estas propuestas estimulan comportamientos e ideas opuestas a lo que el concurso desea promover. Algunas presentan ejes de comunicación tan cuestionables como la naturaleza frágil o débil falsamente atribuida al género femenino, la pertenencia de nuestro cuerpo al varón, o la supuesta parte de responsabilidad de las víctimas ante las violencias machistas recibidas, a raíz de ciertas actitudes percibidas por el agresor como una invitación.

Algunos ejemplos que respaldan mi posición:

En el juego de matrioshkas, casi todas están cerradas, con expresión seria e infeliz, monocromáticas. El malhechor que avanza pisoteando sus cabezas caerá irremediablemente dentro de la que se encuentra abierta, colorida y sonriente: acogedora. Esta imagen parece comunicarnos que el hecho de que una mujer sonría, o incluso se vista de cierta manera justificaría la violencia en su contra. En ella parece dejarse exclusivamente en manos de las mujeres el impedir las agresiones que se cometen en su contra. Por muy comprensivos que queramos ser, es difícil no deducir que se estipula que somos nosotras, o nuestra conducta, las culpables de nuestras violencias.

En esta propuesta, el autor (hombre) estipula cómo debe ser el cuerpo perfecto (en buen cubano, con curvas, cintura de avispa y anchas caderas), y cómo debe ser tocado. La coronación del concepto es la frase « Sólo con delicadeza bien se puede tocar esta pieza », minada de partículas restrictivas : sólo (o sea, no hay nada aparte de esto), bien (¿quiénes somos para decidir qué está bien o mal?), se puede tocar (quien decide si se puede es la propia mujer, no ningún precepto exterior) y por último, lo mejor (o lo peor): « esta pieza ». Entiendo que la intención era aludir a una pieza musical, pero la connotación de « cosa » alrededor del término « pieza », sobre todo cuando la imagen muestra un cuerpo de mujer sin su cabeza, es demasiado desafortunada. Creo que en pleno siglo XXI no creo que podamos permitirnos seguir reforzando la idea de la mujer objeto.

Se sigue encasillando a la mujer en la imagen de incapacidad para ser independientes y autónomas. Se le sigue adjudicando una naturaleza exageradamente emocional, hipersensible, débil, que necesita ser tutelada por un varón.

Al pretender representar a la mujer con un único objeto, una pamela, accesorio que evoca extrema gracia y sofisticación, este cartel refuerza la presión social que se ejerce sobre la mujer, al imponerle que adopte posturas como la delicadeza, la belleza o el refinamiento.

Estos son algunos ejemplos entre otros que he podido observar. Estoy segura de que entre los miembros del jurado se encontrarán especialistas en la materia, capaces de percatarse de estas deficiencias comunicativas y de evitar que un cartel con sesgos machistas resulte premiado o seleccionado, pero sí me preocupa que durante las próximas semanas mensajes como estos estén propagándose en las redes sociales -y permanecerán de manera indefinida en ellas-, diseminando principios que en lugar de contribuir a la causa que el concurso desea promover, le son perjudiciales. Por eso decidí compartir con ustedes mis inquietudes, con la expectativa de generar reflexiones en aras de encontrar una solución para paliar estas complejas consecuencias.

Un último aspecto, que no tiene relación directa con el contenido de los carteles, es el hecho de que se otorgue un premio a la popularidad en las redes sociales. Partiendo de la realidad de que existen diseñadores que mantienen relaciones personales o profesionales con personalidades que gozan de cierta notoriedad, susceptibles de compartir sus obras con sus numerosos seguidores, me cuesta encontrarle un verdadero valor a esta recompensa, que sería un mejor reflejo de la influencia de las personas que del impacto de la obra por sus verdaderas características intrínsecas. Es por esto que desde mi modesto punto de vista la considero injusta.

Sin más, les agradezco a ambos su tiempo y su atención, y me mantengo a su disposición.

Atentamente,

Annick Woungly-Massaga

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